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Un paseo por Benamargosa

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Ayuntamiento de Benamargosa

Un paseo por Benamargosa

Benamargosa a la sombra de los frutales

Ibn Beithar contempla, agachado, las hileras de naranjos. Lleva una de sus manos a la tierra, coge un puñado y lo huele. Ibn Beithar sonríe. Se levanta despacio y comienza a caminar entre los árboles achaparrados de cuyas ramas penden los frutos anaranjados. El ambiente es denso, espeso, y un aroma casi sólido permanece detenido un instante y luego desaparece. Ibn Beithar se mesa la barba mientras pasea, con su mano derecha roza las hojas de los naranjos y recuerda. Rememora el tiempo, hace ya casi un lustro, en el que decidió plantar en estas tierras de Ben Ha-Maruxa los cítricos por primera vez, los hizo traer de muy lejos, de muy lejos, allende los mares. Está a punto de recoger la primera cosecha y cree que va a ser buena. Ibn Beithar sonríe de nuevo, y se pierde entre las hileras de naranjos.

La aproximación y el recuerdo del batycate

El camino que une Vélez con Benamargosa es un vergel. Un auténtico edén moderno, cuyos árboles rebosan de modernos frutos tropicales y clásicos cítricos como las naranjas y los limones. Son explotaciones agrícolas apretadas, cuidadas y profusas, verdes.

Atravesamos la tranquila pedanía de Triana, perfumada por los aromas de los frutales. Entre ellos vemos algunos paseros, poco habituales en esta zona de la Axarquía que se ha dado en llamar "Ruta del sol y del aguacate" y que incluye, además de Benamargosa, los municipios de Rincón de la Victoria, Macharaviaya, Vélez-Málaga, Benamocarra e Iznate. Si los valles tienen una densa población de frutales, no así las laderas y cimas de las lomas que los encajonan y que aparecen prácticamente despejados de cultivos. Un kilómetro antes de llegar al centro urbano nos saludan los aguacates, producto típico de Benamargosa y que da nombre al ya afamado batycate, un batido elaborado a base de aguacate, azúcar, canela en polvo, leche y plátano, todo ello añadido en proporciones desconocidas y cuyas cantidades los benamargoseños no quieren que sean reveladas... Atravesamos el pueblo y, a la izquierda, una señal nos indica zona de aparcamiento. Giramos y estacionamos.

La visita: hacia arriba por los Jardines de San Sebastián y hacia abajo por las calles Ermita y Real

En lugar de caminar sobre nuestros pasos, lo hacemos hacia adelante con la intención de visitar el cauce del río Benamargosa, ahora seco, sobre el que se tiende el Puente de los Diez Ojos, un puente bajo, sostenido por las diez arcadas, u ojos, que le dan nombre.

Este puente que parte casi del corazón mismo de Benamargosa comunica la población con la vecina Cútar, entre otras. Resulta sorprendente contemplar esta obra de ingeniería, sólida y robusta, sobre un cauce pluvial completamente seco. Asomados a una balaustrada vemos a un hombre caminar sobre el lecho y cruzar el río sin agua hacia unos cañaverales. Pasamos también nosotros bajo él con la superstición de pensar que una riada de agua podría venir en cualquier momento y arrastrarnos. Es superchería, no raciocinio.

Comprobado, porque aquí estamos. Cruzando bajo el puente y llegamos a un parque que presumimos muy poblado en los meses estivales, cuando el sol aprieta, ya que sus árboles y su pequeña avenida techada junto al río le dotan de cierto aire umbrío y fresco. Una fuente jalona el centro de este jardín y el agua borbotea en su cazoleta. Salimos y caminamos junto al puente hasta cruzar, por la izquierda, la carretera.

Allí observamos un panel informativo en el que se indica: Fuente de El Pilar, Barrio de los Pechuelos, Barrio de la Solana y Jardines de San Sebastián. Dirigimos hacia allí nuestros pasos. La primera construcción que nos encontramos, se puede rodear caminando, pero en la actualidad se encuentra en plena rehabilitación, son los Arcos de la Huerta, una obra de ingeniería hídrica que servía para canalizar el agua por los diferentes huertos que rodeaban la población.

Queda en pie una buena lámina de muro y uno de los arcos que le da nombre. Las construcciones antiguas y modernas se dan la mano, se entrelazan y configuran un cinturón alrededor del centro urbano.

Al inicio de la calle Pilar nos encontramos con su fuente, conformada por tres arcos de ladrillo visto, tres caños de agua y dos paneles cerámicos a los lados que representan coloridos motivos florales. Seguimos caminando. A nuestra derecha discurren las calles que llevan al corazón de Benamargosa, a nuestra izquierda se sitúan, sobre un altozano, el barrio de los Pechuelos, conformado por calles estrechas y enredadas, escaleras que suben y crean descansillos atestados de macetas y flores, cuestas cortas pero de importante gradación; y el barrio de la Solana, que algo menos arisco que el anterior tiene características muy similares.

Si accedemos a algunas de sus calles podremos observar los cultivos de cítricos y frutas tropicales, el lecho del río, las casas apretadas de Benamargosa, las empinadas cuestas que descienden desde los jardines de San Sebastián hasta la iglesia, la configuración total de este municipio. Los jardines que preceden a la entrada de muchas cosas lucen en esos pequeños patios exteriores un naranjo o un limonero, haciéndose eco inevitable de los cultivos más populares de estas tierras.

Seguimos caminando hasta los Jardines de San Sebastián, situados en la parte más elevada del municipio y que poseen una buena sombra y una serie de cómodos bancos donde reposar y contemplar, enfrente, el Barrio de la Solana. Los jardines están integrados en el casco urbano y se delimitan gracias a una serie de muretes de piedra que se asemejan a las murallas de un castillo. Subimos unas escaleras y cruzamos un angosto pasadizo a través del cual desembocamos en el inicio, a la izquierda, de la calle Ermita por la que descendemos. Las calles son estrechas, las casas muy apretadas, las cuestas importantes.

Caminamos hasta que la calle Ermita se transforma en calle Real. Nos adentramos a izquierda y derecha, siempre volviendo al canal principal. Nos cruzamos con vecinas y vecinos atareados en sus labores cotidianas, saludan, amables. Escuchamos ladrar a un perro. Un grupo de niños juega a lo que presuponemos es "el escondite". Es un paseo tranquilo y amable con le que llegamos a una plazuela donde se ubica la biblioteca municipal, presidida por una refrescante fuente y la oficina de correos.

Continuamos el descenso hasta desembocar en una anchura de la calle y a la parte trasera de la iglesia de la Encarnación. Entramos y nos encontramos con un templo con carácter que no se presagiaba desde el exterior. Tiene el techo formado por un artesonado de madera oscura, tres naves sustentadas por columnas casi ojivales sustentadas en basamento de ladrillo visto. El altar es sencillo, y contrasta con un coro de tonos caoba situado sobre la entrada principal. Nos llama la atención una de las hornacinas situadas a la derecha, en ella descansa una solitaria y humilde cruz de madera flanqueada por dos candelabros y que despide cierto aroma de misterio.

Salimos de la iglesia y caminamos en torno a ella para descubrir que en la parte opuesta a la puerta por la que hemos entrado un gran arco-puente comunica el interior del templo con una casa colindante. Sacamos un par de fotografías a esta curiosa construcción. Deambulamos durante un rato más por las calles benamargoseñas constatando que es la patria de cítricos y aguacates en cada rincón. Vemos incluso a dos niños jugar al fútbol con un limón enorme al que dan patadas hasta despanzurrarlo, tiñiendo el tibio ambiente otoñal de una perfume intensísimo y delicioso. Se nos abre el apetito.

En la confluencia de las calles y justo en la entrada a la zona de aparcamientos encontramos la Fonda Restaurante Los Pepes. Pedimos un zumo de melocotón, una cerveza sin alcohol, una tapa de ensaladilla rusa y una tapa de ensalada malagueña. 3 euros. Charlamos un rato mientras vemos la vida benamargoseña pasar y nos preguntamos cómo sabrá el batycate.

Despedida

Ibn Beithar camina por la orilla del río Ben Ha-Maruxa. Observa las hileras de limoneros. Mira el río e idea la posibilidad de acercar el agua desde su cauce hasta el interior de las huertas. Extrae de su zurrón un papiro y dibuja uno o dos garabatos. Camina hacia el centro del pueblo, aprieta el papiro en sus manos. Y Sonríe.

 

Publicado por Israel Olivera.