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ABN Cura Pinto

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Ayuntamiento de Benamargosa

ABN Cura Pinto

Desertores en la Guerra de la Independencia

Para entender mejor este documento escrito por un vecino de Benamargosa preocupado por las deserciones de vecinos de este pueblo y otros de la comarca, hay que ubicarlo dentro del contexto general de la guerra en Andalucía y España. El informe Jovellanos y las declaraciones del general Castaños nos podrán aclarar un poco este contexto.

El Ejército español antes de los sucesos 2 de Mayo de 1808, contaba con algo más de cien mil hombres dispersos entre Portugal, Dinamarca, Gibraltar, Galicia y cuarteles de Baleares, Canarias y provincias de África. El centro de España estaba dominado por los franceses en el primer momento del levantamiento.

En Andalucía el levantamiento se inicia en Sevilla, tuvo lugar el 26, protagonizado por el conde de Tilly y el comerciante Nicolás Trap, Se armó a la población civil y se creó la Junta de defensa «Suprema de España e Indias» y ordenó formar otras Juntas en las ciudades de más de dos mil habitantes.

En Granada se produjo el levantamiento el 30 de mayo y el pueblo amotinado obligó a su capitán general, Escalante. Lo que hicieron los granadinos fue considerar soberana sobre la de Málaga. Fue su general gobernador militar Reding, a quien llamó a Granada para ponerle al frente de las tropas que inmediatamente comenzó a organizar. Para finales de junio contaba ya con 30.000 hombres incluidos los numerosos voluntarios.

A lo largo del mes de junio, sumando los ya regresados de Portugal, en Andalucía (Sevilla y Granada) se disponía de 39.648 hombres de procedencia heterogénea, que se elevarían a finales de mes a unos 30.000 bajo el mando de Castaños y Reding, y a unos 26.000 de reserva, formada mayoritariamente por unidades de nueva creación.

Como hemos visto lo primero que hicieron esas Juntas Provinciales fue formar su propio Ejército a manera de reinos de Taifas. Los ejércitos, del rey, ya no están unificados, porque hay multitud de juntas que se dicen soberanas y que dicen representarle y actuar en su nombre. Aunque si le une un propósito común expulsar a los franceses de España.

El informe de Jovellanos a la Junta Central es del 5 de abril de 1809,[35] cuando a los desastres anteriores han sucedido ya otros. Comienza señalando la necesidad de oír opiniones de otros, no encerrarse en la consulta solitaria de los miembros de esa misma Junta Central, para pasar seguidamente a una crítica feroz de las cabezas de los ejércitos para descender hasta los últimos oficiales «infieles, cobardes, inexpertos o perezosos sean o castigados, o retirados o empleados fuera de acción y sean sustituidos en su lugar los inferiores en grado y los sargentos y cabos que más se hayan distinguido por su valor y su conducta.

Al lado de los castigos vaya el premio adelantado a los leales, bizarros e instruidos y llevándoles rápidamente a los mayores grados». Después continúa: «Hay un gran abuso en el empleo de nuestras fuerzas. Sólo buscamos el número y no es el número sino la destreza y el valor quien vence. … … ya que no tenemos un Ejército de Reserva, como debemos tener porque sin él nunca viviremos seguros, tengamos al menos un Ejército de Instrucción que pueda ser un día de Reserva».

La tercera son las razones esgrimidas por Castaños cuando el 5 de Julio de 1809, en Algeciras, le interrogó el marqués de la Cañada-Terry, mariscal de Campo del Consejo Supremo de Guerra, sobre las razones de la derrota de Tudela, dentro del sumario que él mismo incoaba. En una larga exposición de 48 páginas, Castaños se refiere a tres aspectos fundamentales: «Formados estos (los Ejércitos) repentinamente, no acostumbrados a las fatigas de la guerra, con muchos Cuerpos de nueva creación, escasos de Jefes y Oficiales veteranos, sin socorros, mal mantenidos y generalmente faltos de inmediato de todas clases»...

Por último señala la necesidad de la unidad de mando en los ejércitos, porque la experiencia de las batallas de Tudela, Yébenes y Medellín le han desengañado de la posibilidad de que los generales obren de común acuerdo.

La Frustración. Estoy perplejo. El examen objetivo de los datos reseñados hasta ahora me lleva a la conclusión de que la guerra está perdida sin remedio. Han desaparecido los Ejércitos, se han diluido, dispersados. La dirección de la guerra desde la Junta Central ha sido disparatada, más encaminada a impedir un caudillaje –por otro lado inexistente que a asegurar un mando racional de los Ejércitos. Los víveres, los uniformes, el calzado, los hospitales y el dinero han sido inexistentes o insuficientes.

Los Generales se han mostrado incapaces, inmersos en el planeamiento de maniobras imposibles, enredados en rivalidades y celos los unos de los otros y desconocedores de su propia debilidad. Los Jefes y Oficiales, muchos de ellos improvisados, no han mantenido la disciplina de sus hombres en el campo de batalla, ni les han instruido. Hay más dispersos o desertores que muertos o heridos en combate. Napoleón ha entrado en Madrid y los ingleses de Moore se retiran a La Coruña.

Tampoco son fiables los datos sobre el número de nuestros soldados, porque la Junta Militar informaba al secretario de estado de la Guerra el 7 de noviembre[38] que desconoce el número de los alistados anteriormente, por lo que para aumentar en 100.000 hombres a los ejércitos de entonces se ha de proceder a un nuevo reparto. Todo ello unido a feroces órdenes para el castigo de los numerosos desertores, con el propósito de alcanzar ahora los 350.000, 50.000 menos de los que se planteó inicialmente la Junta Suprema.

Pero el problema no es lo que pienso yo ahora, sino lo que pensaban los españoles entonces, cuales fueron sus razones para continuar una lucha que yo hoy veo sin esperanza; cuales fueron los datos impalpables que ni se pueden medir ni contar que influyeron en sus decisiones de entonces. Dejemos los ejércitos, los hombres y las armas. Decía Klausewitz que en la guerra no pueden ser excluidas las magnitudes mentales y morales; o como decía Baufre la guerra es básicamente una lucha de voluntades.
Se quería seguir peleando, se creía que se podía seguir haciéndolo; como fuera, soñando con la formación de ejército tras ejército que siguen diluyéndose como azúcar en el agua.

¿Nos sostenía el orgullo?

La tenacidad (el heroísmo de unos y la tenacidad de todos, habría que matizar). El barón de Marbot compara en sus Memorias al Ejército español con una bandada de perdices sorprendida por un cazador: al primer disparo la bandada se dispersa, pero vuelve a reunirse un centenar de pasos más allá y hay que volver a empezar, porque entre los fugitivos había siempre quien quería seguir luchando en otro lugar o de otro modo. La caótica tenacidad fue nuestra principal arma. Otros ejércitos europeos, mejor mandados, instruidos y armados, abandonaban la lucha tras la primera derrota. Los nuestros seguían, jamás perdieron la voluntad de vencer aunque no puedo ni imaginar en que se basaban para ello. La tenacidad creó la malla que inmovilizó a nuestro formidable enemigo, el mejor Ejército de Europa en aquellos tiempos.

Cuando ahora leo los informes de situación, lo que se dice en las sesiones de la Junta Central, sus «Manifiestos a los Pueblos de España y a la Europa»[39] los planes de movilización o de adquisición de armas, me parece que sueñan, que no saben de lo que hablan, que sus esperanzas no tienen ninguna base firme. Pero jamás piensan que la guerra está perdida, mientras siempre se espera que todo pueda arreglarse.
Cuando digo Ejército debe entenderse la mayoría de los españoles, porque quien no quiere combatir en orden cerrado haciendo fuego por descargas a la voz de mando, se lanza al monte a seguir luchando de otra forma.

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ARCHIVO BIBLIOTECA NACIONAL ( Madrid) Caja nº : 62,168
Archivos digitalizados

Trascripción íntegra del texto:

Copia del documento original

Exmo. Sr. Don Martín García.

Señor:

La insubordinación e imprudencia de estos pueblos me tiene tan fuera de mi que no puedo menos de cansar a V. E. a ver si por su medio logro la sumisión y respeto de ellos en orden a contener la deserción que los que an incurrido en tan detestable delito, lo conozcan y se sometan a hacer sus respectivas servicios a Dios al Rey y a la Patria.
Todos los pueblos sujetos a Málaga (en orden a defensa), están llenos de desertores, unos venidos de los exércitos, otros desde el mismo Málaga, después de su presentación, y otros que aún no se han presentado.

Finalmente, otros, que siendo aptos para las armas, se hallan desechados por sobornos a médicos cirujanos, medidores o con engaños por el estilo, de esta casta de hombres están colmados estos pueblos (repito), abrigados por su mismas gentes, sin que a unos y a otros sirvan de contenerlos las respetables órdenes de Su Majestad o de sus Magistrados, no sucede a mi S. Exmo. en la demarcación de Vélez de donde por la inmediación tengo conocimiento en cuios pueblos no ay un desertor.

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Y por que por la Junta de esta a dado provisiones duras y las de aquella todas suaves.
Deseoso de contener estas /pg.2/ deserciones tan perjudiciales e escrito a individuos de la Junta de Málaga avisando las provisiones que devian tomar para contener estos males y no an tenido para combeniente el adoptarlas e avisado la mofa que se hace de los preceptos y que solo sirven de insolentar los … y nada e adelantado. no se Sr. Exmo en que conciste que una Junta compuesta de ombres de onor y verdad, Patriotas, no aprovechan los avisos para remediar los males.

Y para hacer ver a V. E. esta culpable consideración motivo de insolenia, solo diré que aviendo los Alcaldes de esta villa preso a algunos de los tales delinquentes, hasta quatro y cinco veces (de que conservan lecivos) apenas llegan a Málaga quedandose vienen tras del Alcalde. Infiera aora V. E. que impresión harán estos hechos en los malévolos para un estylo: Y en los verdaderos Patriotas para otro.

No quiero molestar a V. E. y solo estimaré que ocultando mi nombre porque ciertamente me expongo a ser victima de estos desalmados, eleve el conocimiento de S. M. el estado de probable de estos pueblos en materia de deserción para que providencie lo que juzgue conveniente.

Añado que no obstante mi edad, 59 años estoy pronto a servir en obsequio de nuestra Santa Religión y de mi idolatrado Rey y de mi amada Patria, con la condición que, ni quiero acto positivo, ni estipendio alguno y solo con la de no ser despojado del Beneficio que obtengo en esta parroquia y que ofrezco a V. E. con el mayor respeto y con el más completo gusto.

Dios que a V. E. M. A. Benamargosa 24 de julio de 1809

B. L. M. a V. V. su mas atento Siervo y Capellan

Exmo. Sº.

Joseph Pinto y Palacios